Ursula Llanos
Úrsula Llanos nació en Murcia en una familia acomodada. Fue la hija número cuatro de siete. En esos primeros años asistió al colegio de Jesús María donde fue una alumna aplicada, por no llamarla empollona, y el recuerdo que ha conservado ella de esa época no puede ser más entrañable. Aún ahora en que regresa a su ciudad natal muy de tarde en tarde, sigue sintiéndose allí como en su casa. Aquél es su terruño y lo seguirá siendo por mucho tiempo que transcurra.
Cuando Úrsula tenía diez años, destinaron a su padre, que era funcionario, a Barcelona y allí se trasladó la familia. Con dos de sus hermanas, fue también al colegio de Jesús María de San Gervasio, donde estudió los dos primeros cursos de bachillerato.
Dos años más tarde destinaron a su padre a Madrid, donde se afincó definitivamente la familia. Ella y dos hermanas fueron al colegio de Jesús María, sito en la calle de Juan Bravo.
Sus dos hermanas mayores se habían casado ya, cuando empezó Úrsula a ir a la Universidad Complutense a estudiar la carrera de Derecho. En primero de carrera conoció al que hoy es su marido, con el que se casó antes de terminarla y tuvieron tres hijos.
Cursaba el primer curso cuando nació el menor de sus hermanos con solo unos meses de diferencia con dos de sus sobrinos, hijos de sus dos hermanas mayores. Una de ellas tuvo siete y la otra cuatro. Ese hermano fue como un juguete para todos y cuando transcurrieron algunos años él, los sobrinos y su hija mayor fueron los responsables de que ella empezara a escribir. Desde que eran muy pequeños les contaba cuentos y una Semana Santa que pasó la familia en pleno en la sierra de Murcia, en un lugar en el que había un castillo ya reconstruido, fueron de excursión hasta lo alto de la montaña en la que estaba enclavado y lo visitaron. Allí les refirió ella una historieta que se le fue ocurriendo conforme visitaban sus salones y sus torreones. Los siete chiquillos eran los protagonistas de la aventura y cuando regresaron a Madrid puso ella en marcha su ordenador y escribió “Un castillo con fantasmas”.
A los niños les entusiasmó. Les entregó a cada uno de ellos un ejemplar del cuento encuadernado con una espiral en el lomo y cuando se lo aprendieron de memoria le pidieron que intentara publicarlo. Se resistió ella. No conocía a nadie en el ramo ni sabía cómo hacerlo, pero finalmente la convencieron. Había entonces una editorial, que editaba cuentos que podían tener alguna similitud con el que ella había escrito por lo que se lo envió con la intención de que aceptara publicarlo. La editorial se lo devolvió poco después amablemente, diciéndole que el cuento que había escrito ella no encajaba en sus líneas editoriales, lo que a los niños les contó entender. Fue para ellos como un jarro de agua fría sobre sus cabezas en pleno invierno, pero porque tanto Úrsula como ellos eran unos novatos en el campo de la literatura. No sabían que no era tan fácil, lo que ella constató después.
Pese a ello les escribió cuatro cuentos más, que les entregó y de los que guardó ella un ejemplar en un cajón.
Transcurrieron después algunos años en los que se olvidó ella de escribir y en los que se dedicó a su familia y al ejercicio de la abogacía, hasta que una mañana en el que habían ido a Pelayos de la Presa, donde tienen una casa, decidieron embarcarse en el Pantano de San Juan. Alquilaron una motora, en la que el matrimonio iba en el asiento de delante y los hijos en el de detrás. Pilotaba su marido y Úrsula iba a su lado contemplando cómodamente el panorama. Y de pronto… Fue según dice ella como si se le encendiera una bombilla. Le pareció ver en la loma de la montaña que encajonaba el agua una casona que no existía y se le ocurrió una historia que tampoco había sucedido nunca. Cuando al término de la excursión regresaron a la casa, puso ella en marcha el ordenador y escribió “La casona del pantano”. Se la dejó leer al finalizarla a un amigo. Un gran amigo y una persona excelente, pero al que no le gustó. Le dijo que escribir no era la suyo y que se olvidara de publicarla, por lo que Úrsula la guardó en el mismo cajón en el que ya tenía los cuentos.
Todos los escritores saben que trasladar al papel las historias que imaginan es como una especie de “droga” tan estimulante, tan especial y tan única que es difícil sustraerse a sus efectos. Por esa razón y aun pensando que no valía ella para esa actividad, y que el destino de la novela que quería escribir era el cajón en el que dormían sus antecesoras obras literarias, escribió “Y después de la tormenta”. Cuando la acabó, escarmentada por sus experiencias anteriores, no se la dejó leer a nadie y en un arranque que consideró arriesgado se la envió a cuatro editoriales por e-mail. Le contestaron tres ofreciéndose a publicarla. La cuarta ni tan siquiera acusó recibo, pero no le importó. Contrató la edición de la novela con una de ellas, a otra le mandó la “La casona del pantano”, que también aceptó editarla y con la tercera se excusó.
Y así empezó todo. Por aquel entonces participó en un concurso que había convocado Amazon con una novela que se llamaba “Secreto profesional”, que se vendió mucho, pero que no ganó, Se quedó más o menos en el número dieciséis, y a partir de entonces empezaron a venderse también las demás.
Posteriormente contactó con otra editorial la edición de toda su creación literaria incluidas las dos primeras novelas, cuando venció el plazo fijado en el contrato que había suscrito con las editoriales que las habían publicado, así como los cinco cuentos que dormían en el cajón, lo que llenó de satisfacción a los chiquillos protagonistas de las historias que allí se relatan. En total son veinticinco y se veden en Amazon, tanto en papel, como en digital. En abril saldrá la última que se titula “Un viaje para olvidar”.
Escribir es una experiencia única por la que merece la pena afrontar los fracasos que conllevan sus comienzos. Eso es al menos lo que opina esta autora.